A pesar de que los discursos oficiales y algunos informes sonríen con cifras descendentes de pobreza, la desigualdad social sigue siendo el elefante bien alimentado en la habitación mexicana —y no, no se está yendo a ningún lado pronto. Sólo que ahora trae mejores zapatos y estadísticas más pulidas.

Según datos recientes, casi 30 de cada 100 mexicanos (29.6%) vivían en pobreza en 2024, lo que representa unos 38.5 millones de personas. Si eso fuera un equipo de fútbol, ¡ya hubieran ganado al menos dos mundiales! Pero la pobreza no viene sola: también está la desigualdad educativa y de servicios básicos. México figura entre los países con mayores brechas en educación y atención médica, ocupando posiciones altas —y nada envidiables— en clasificaciones globales de desigualdad social.

Brechas que no se reducen solas.Desgranando la realidad por niveles educativos, emerge un patrón que sigue siendo tan claro como el menú en una taquería: En zonas urbanas, alrededor del 98% de los estudiantes completan la primaria, mientras que en zonas rurales esa cifra cae hasta 85%.

La probabilidad de que un estudiante rural llegue al nivel medio superior (preparatoria) es casi la mitad (alrededor del 50%) comparada con su contraparte urbana (75%).

En otras palabras: si naciste en una comunidad urbana con mejores servicios, tu posibilidad de terminar la prepa es sustancialmente mayor que si naciste en un pueblo donde a veces la escuela queda más lejos que el internet. Paradójico, ¿no?

Servicio médico y educación: no todos están invitados al mismo programa.

Las carencias no se quedan en la escuela. En sectores rurales y entre familias de menores ingresos, el acceso a servicios básicos —como salud, electricidad o conectividad— es significativamente menor. Más de 14% de hogares no tienen acceso pleno a servicios básicos, lo que impacta directamente la educación y las oportunidades laborales de millones.Y como si faltara un condimento más en este guiso social, la brecha digital —esa que define quién puede aprender con internet y quién no— sigue dilatando oportunidades: aunque más del 80% de la población usa internet, esa cifra oculta profundas diferencias entre zonas urbanas y rurales o entre distintos niveles socioeconómicos.

¿Qué significa esto para México?

Imagina que el crecimiento económico es una fiesta: muchos están invitados, pero sólo unos cuantos están cerca de la comida. El resto está en el jardín, viendo cómo otros comen. La educación y el acceso a servicios de calidad funcionan igual. Sí: hay progreso, pero el progreso se reparte como si viniera en porciones para influencers.

Hoy, la probabilidad de que alguien con educación superior tenga ingresos mucho mayores que uno sin esa preparación es significativamente alta, reflejando que la educación no ha sido igualadora social, sino ticket de acceso para algunos privilegiados.

En cifras simples: mientras el mundo de la OECD ve un retorno moderado al invertir en educación, en México ese retorno —y la desigualdad que lo acompaña— está por encima del promedio, lo que evidencia que el sistema favorece más a quienes ya tienen una base sólida.

Conclusión con sabor amargo.

México ha reducido cifras de pobreza y ha visto avances en ingresos y cobertura educativa. Sin embargo, todavía hay un enorme trecho entre quien “llega” y quien apenas vislumbra la meta. Las estadísticas sonríen, los rankings suben y bajan, pero millones siguen en la fila esperando una oportunidad real de educación y servicios de calidad.

Y ahí está el desafortunado chiste estadístico: México puede presumir mejoras y seguir siendo uno de los países más desiguales en educación y servicios dentro de su contexto regional y global —como quien presume tener medio pastel aunque la otra mitad nunca llegó a la mesa.

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